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MUJER…

MUJER...: familia cristiana

Hay una buena cantidad de mujeres mayores  en distintos campos que siguen desempeñándose con eficiencia y hasta ocupan roles de liderazgo. Sin embargo, son más las que quedan marginadas o se automarginan, sumergiéndose en una actitud pasiva que más que expresar las limitaciones de la edad, las fomenta.

Es cierto que esta situación está empezando a cambiar. pero el prejuicio que subyace todavía está vigente: rotulamos a la “tercera edad”, a los jubilados, como “pasivos” y esta connotación tiñe el concepto que tenemos de ellos, y la imagen que ellos tienen de sí mismos, no sólo en el plano laboral, sino en las demás esferas de la vida.

La separación de los adultos mayores del sistema productivo es una lamentable consecuencia del desarrollo tecnológico y el crecimiento demográfico: los viejos “sobran” y tampoco se adaptan con rapidez a los constantes cambios. Joan Manuel Serrat lo reclama “A quien corresponda”, en una de sus canciones: “A los viejos se los aparta, después de habernos servido bien”.

De la marginación laboral a la marginación cultural, familiar, personal…hay una rápida pendiente. Damos por sentado, y los mismos mayores lo asumen, que el adulto mayor no puede iniciar nuevos proyectos, no puede aprender, no puede practicar deportes, no puede salir de excursión, no puede asumir responsabilidades. La alternativa pareciera ser más “no” que “sí” para los mayores.

En el caso de las mujeres se agrega un factor más de transición crítica hacia la tercera edad que coincide con el alejamiento de los hijos, ya adultos. En muchos casos, se agrega por la misma época la pérdida del cónyuge. Se truncan abruptamente los roles que se venían desempeñando, a veces al precio de haber renunciado a otros objetivos e intereses personales. Cuando de pronto el rol de esposa o madre pierde vigencia, muchas mujeres actúan como si hubieran extraviado la brújula que orientaba su vida, como si ya no tuvieran un lugar valioso para ocupar en la familia y la comunidad.

LA MUJER Y SU SEXUALIDAD

¿Y la sexualidad? ¿Hay una decadencia en la sexualidad de la mujer mayor?
La sexualidad es, por cierto, más que el encuentro sexual de un hombre y una mujer; aun en este contexto, abarca mucho más que la genitalidad.

En su sentido más amplio, la sexualidad alude al “ser mujer” – “ser hombre”. Una mujer expresa su femineidad desde pequeñita, tratando de parecerse a su mamá, de coquetear a su papá. El varón afirma su sexualidad desde la infancia, en los deportes, en la manera de acercarse a sus compañeros y compañeras, en su preocupación adolescente por su cuerpo y su lugar en el grupo.

Esta progresiva definición del carácter femenino o masculino de una persona es un proceso natural, y resulta de una conjunción de factores hormonales, anatómicos, psicológicos, familiares, culturales. Este proceso no tiene como único fin asegurar la continuidad de la especie, aunque esto sea importante. Dentro de un cauce sano, la existencia de la sexualidad brinda a la vida una extraordinaria riqueza en el juego de relaciones hombre-mujer: no sólo en la pareja, sino también en la familia, en la escuela, en la amistad, en el trabajo, en la iglesia, en el juego, en la vida ciudadana. Es parte del “sabor” y la belleza con que Dios tuvo la generosidad de crear el mundo.

El “ser mujer” ha sido objeto de muchas distorsiones a lo largo de la historia, como el sometimiento y la marginación de la mujer en las culturas machistas, o la prostitución de la mujer como “objeto sexual”, en cierta publicidad, en la pornografía, en el abuso sexual.

De estos errores y perversiones somos más o menos conscientes. En cambio, creo que no somos tan conscientes del prejuicio, bastante extendido, hacia la sexualidad en la tercera edad.

  A veces reaccionamos como si la menopausia fuera la lápida en la vida de una mujer y, a partir de allí, se iniciara un proceso cargado de negatividad y de negaciones. Como si a partir de cierta edad, la mujer fuera menos mujer, como si su feminidad se tuviera que ir diluyendo hasta alcanzar un tono gris opaco, casi “no mujer”.

¿Por qué tantas mujeres dejan de cuidar su aspecto a cierta edad, o temen quedar en ridículo si lo hacen?, ¿por qué muchas veces se ve mal que una mujer mayor se vista con elegancia?, ¿por qué se actúa como si ya no necesitara ser reconocida como mujer?  Muchas mujeres se dejan engordar o dejan que su cuerpo se deforme. Se sienten disminuidas en su feminidad y contribuyen ellas mismas a reforzar esa imagen.

Otras pretenden resguardar su auto imagen y su aceptación forzando una apariencia juvenil, borrando hasta donde puedan los rastros de la edad, en lugar de aprender a conocer, aceptar y expresar los cambios naturales de su corporalidad.

Entre estos extremos, cabe una actitud sana de afirmación de la femineidad, dentro del proceso natural del envejecimiento.

Un terreno donde la mujer mayor está recuperando un lugar para sí misma es en los programas culturales recreativos para la tercera edad. Es notable que estos programas tienen generalmente más adhesión de parte de las mujeres que de los hombres. Entre otras razones, ¿será que encuentran allí una ocasión de reivindicar la falta de oportunidades culturales y recreativas que tuvieron siendo más jóvenes?

A veces reaccionamos como si la menopausia fuera la lápida en la vida de una mujer. Como si a partir de cierta edad, la mujer fuera menos mujer, como si su femineidad se tuviera que ir diluyendo.

Es lamentable que la sociedad todavía mira un tanto peyorativamente estas expresiones, con cierta condescendencia tolerante. ¿Por qué no asignamos a esas alternativas el mismo reconocimiento que a las expresiones culturales y recreativas de las personas jóvenes? ¿acaso no puede una mujer cultivar su capacidad intelectual y su posibilidad de expresarse en distintas formas de arte, afirmándose como persona, y particularmente como mujer, con la personalidad y la experiencia que ha forjado a lo largo de varias décadas? ¿acaso no tiene derecho a jugar, a recrearse? ¿acaso no habría espacio para que las mujeres sigan  aportando su capacidad en servicio a la comunidad?
Las mujeres que enfrentan la vida como un proyecto siempre abierto, muestran una creatividad y una energía sorprendentes. Y no es casual que esas mismas mujeres que emprenden con entusiasmo una vocación de servicio, un aprendizaje artístico, una pequeña empresa personal, casi siempre son a la vez esposas, abuelas dinámicas, mujeres agradables con las cuales podemos estar y conversar.

Desde una actitud de aceptación y afirmación de sí misma, la mujer también puede seguir  encontrando placer y satisfacción dentro de la relación sexual.  Si su actitud es un “no” a la vida, seguramente se sentirá disminuida o se dejará llevar por el prejuicio que flota en el ambiente, de que el sexo en la vejez “es ridículo”.

Sin embargo, no sólo los libros de gerontología, sino el testimonio de mujeres mayores, confirma que sí es posible seguir encontrando placer en la relación sexual y en la expresión más completa de ternura en la pareja. Ha sido también el testimonio cándido y sincero de personas que se han casado en edad avanzada.

Pero la experiencia sexual no es la única alternativa de expresión de la femineidad que tiene una mujer mayor. Conozco mujeres que son una inspiración, y que disfrutan de ser ellas mismas, aunque estén solas, cuidan de su salud y de su corporalidad, cultivan una variedad de intereses (a su ritmo, por supuesto), mantienen el diálogo con los jóvenes, se interesan por los acontecimientos políticos y sociales, buscan el contacto con la naturaleza, se interesan por otras personas, cultivan la amistad, y ofrecen lo que son: con sus cualidades específicamente femeninas, su manera femenina de ver la vida, su experiencia de vida, tanto placentera como dolorosa.

MODELOS…FUERA DE LA PASARELA

¿Conoce mujeres así? Estoy segura de que Dios nos da modelos humanos, de carne y hueso, que van delante nuestro en el camino de conformarnos a la imagen de Jesucristo y vivir la vida en abundancia que nos ha prometido. Modelos que comparten las grandezas y las debilidades de los demás seres humanos, pero que son una delicia como personas y como cristianos.

La mujer que se sumerge en la negatividad, lamentando el paso de los años, probablemente será rezongona, amargada, criticona, descuidada de sí misma y de los suyos (aunque todo esté en su lugar y a su debido horario), poco sociable (pero a la vez chismosa).

Si nunca hemos aceptado y disfrutado nuestro “ser mujer”, difícilmente disfrutaremos nuestra femineidad en la vejez. La mujer que es madre, esposa, abuela, tía, amiga, tiene formas “grandes” y creativas de serlo, a cualquier edad, o formas “pequeñas” y mezquinas de serlo. Estos roles son, en sí mismos, una permanente invitación a la expresión de la femineidad. Pero si los abordamos desde la perspectiva de la “rutina” o de la “decadencia”, no alcanzaremos jamás la sensación de plenitud y alegría que acompaña el desempeño sano de los dintintos desafíos y ocupaciones de la vida.

Si nunca hemos aceptado y disfrutado nuestro “ser mujer”, difícilmente disfrutaremos nuestra femineidad en la vejez. La mujer que es madre, esposa, abuela, tía, amiga, tiene formas “grandes” y creativas de serlo, a cualquier edad, o formas “pequeñas” y mezquinas de serlo.

Ese “toque femenino” puede verse en el detalle de la estética, en la preparación de una comida, en el cuidado de las plantas y también en la actitud contenedora, en la comprensión madura, en la ternura de los gestos pequeños, en ese “estar”, en esa fortaleza ante las dificultades que desmiente el “sexo débil”, y que es tan significativa para los otros.

EL DESAFíO

No estamos desconociendo las limitaciones que vienen con la edad. La declinación en la agudeza sensorial, en la habilidad motriz, en la memoria…en mayor o menor grado nos alcanza a todos.

Pero pese a todo lo que realmente “no puede” una persona mayor, hay mucho que sí puede.  Por eso es importante mantener una  actitud abierta y expectante, un sincero deseo de dar y recibir con generosidad.

La mujer que describe Proverbios 31 bien puede ser una mujer mayor, cuyo curso de vida le ha hecho ganar crédito no sólo ante su esposo y sus hijos, sino ante la comunidad. Se muestra laboriosa, emprendedora, afectuosa, previsora, agradable. Más que la descripción de una persona joven, sin experiencia, parece la de una mujer que no ha dudado en iniciar cuanto proyecto estuviera a su alcance para cuidar de sí y de su familia y honrar a su Señor. Cuando la belleza y los encantos han dejado de contar, esa mujer “es digna de alabanza”.

Una de las connotaciones características que la Biblia atribuye a una vida signada por una relación de fidelidad al Creador, es precisamente “la buena vejez”. Vez tras vez, encontramos la evidencia de que la vida no tiene por qué declinar con la edad, si estamos abiertos a la fuente de la Vida.

Para el creyente, el ciclo de la vida, aun con su curva declinante de enfermedad, invalidez y muerte, no es más que una oscilación mínima en la curva ascendente hacia la eternidad.  La vida abundante de Jesucristo empieza aquí y ahora y alcanza a todas las etapas de la vida y a todas las áreas de la persona.

“No nos desanimamos -dice el apóstol Pablo-, pues, aunque por fuera vamos envejeciendo, por dentro nos rejuvenecemos día a día”. ¿Por qué? Porque en Cristo hemos vuelto a nacer, a cualquier edad que haya sido, y estamos en camino de un crecimiento que él va forjando hacia una plenitud que sólo completaremos más allá de la muerte. En Cristo crecemos durante toda la vida.

Para el creyente, el ciclo de la vida, aun con su curva declinante de enfermedad, invalidez y muerte, no es más que una oscilación mínima en la curva ascendente hacia la eternidad. La vida abundante de Jesucristo empieza aquí y ahora y alcanza a todas las etapas de la vida y a todas las áreas de la persona. Para la mujer, esa vida abundante significa también ser plenamente mujer y disfrutar de su femineidad.

“Los que confían en el Señor tendrán siempre nuevas fuerzas”, dijo Isaías. Y en boca del mismo profeta, Dios aseguró: “Yo he cargado con ustedes desde antes que nacieran; yo los he llevado en brazos, y seguiré siendo el mismo cuando sean viejos; cuando tengan canas, todavía los sostendré”.

La mujer mayor puede decir que sí a la vida, puede decir que sí a “ser mujer” en plenitud. Los demás podemos acompañarla de muchas formas: desde los gestos cotidianos de ternura y estímulo, hasta los proyectos eclesiales, culturales, estatales que reconozcan los derechos y las necesidades de los adultos mayores, largamente postergados en una sociedad que prioriza la producción y la competencia, y margina a los mayores.

Conocemos la fidelidad del Señor. Cuando la edad nos haya dado canas y nos haya restado vigor, habremos pasado por muchas aguas profundas, seguramente. Conoceremos mejor a los más jóvenes,  los límites de la inteligencia y de las fuerzas humanas. Pero conoceremos también de cerca la presencia fortalecedora del Señor, que sigue regalándonos cada día una vida abundante, si queremos recibirla.

Nuestra sexualidad puede ser expresión de la persona que Dios quiere forjar en nosotros. Digamos sí a su invitación. (Escogido de: http://www.compromisocristiano.com/sexualidad/mujeres.html )

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