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Homilética: La voz del predicador – su importancia – (13).

CAPÍTULO OCHO

ELEMENTOS DEL SERMON (Continuación…)

B) SOBRE LA IMPORTANCIA DE LA VOZ.

Lo primero que debemos tener en cuenta es no pensar demasiado en ella cuando hablamos. Podemos tener la más hermosa y dulce voz, pero no

nos servirá de nada si no tenemos nada útil que decir.

“Un hombre dotado de la más excelente voz, y a quien le falten conocimientos y un corazón ardiente, será “una voz clamando en el desierto” o como dice Plutarco: “voz y nada más”. Semejante hombre bien podría lucirse en el coro pero en el púlpito será inútil.”

Esto no quita que pensemos correctamente en nuestra voz. Del modo que aprendamos a dominarla, también dependerá la excelencia de nuestro servicio.

Por ejemplo, es muy importante aprender a dar el tono adecuado al sermón, según el tópico que estemos tratando. APRENDER A MODULAR LA VOZ Y hacer cambios de volúmen, según lo requiera el sentido de la frase, dará vida a la charla y mantendrá la atención de los oyentes.

Especialmente podremos evitar una predicación monótona y aburrida – cuyo efecto puede ser mortífero para la congregación – si somos diligentes en mejorar nuestra vocalización. Queda por demás irreverente un predicador que no sabe pronunciar adecuadamente las palabras de su propio idioma.

Es nuestra obligación servir en la predicación del evangelio con lo mejor de nuestra voz. Tal como lo hiciera el profeta Ezequiel de quien el Señor dijo: ” Tú eres a ellos como cantor de amores, gracioso de voz y que canta bien.” (33:32). Así aunque el pueblo de Israel continuó con un corazón endurecido, Ezequiel se sintió inspirado para anunciar la Palabra de Dios empleando el mejor estilo de su voz y de sus modales.

Debemos también aprender a corregir toda forma de hablar mal aprendida, como también palabras que suenan desagradables a los oídos. Juan Wesley dijo: “Tened cuidado de no retener nada torpe ni afectado, ni en vuestros gestos ni en vuestro lenguaje, ni en vuestra pronunciación.”

Hay algunos que suelen lanzar gritos discordantes tan agudos que se parecen al ruido de goznes aherrumbrados, o a un gato que le han pisado la cola.

Otros usan tonos tan graves en su voz, que parecen más bien lúgubres mensajes venidos del más allá. Se pueden imaginar el efecto que estos tonos sepulcrales pueden causar en las personas enfermas o temerosas que han llegado a la iglesia buscando consuelo.

En resumen entonces, CUIDEMOS NUESTRA PRONUNCIACION, APRENDAMOS A VOCALIZAR BIEN, SEPAMOS CUANDO LEVANTAR O BAJAR EL VOLUMEN DE LA VOZ. No hablemos demasiado detenidamente pero tampoco tan aceleradamente como la carrera de un caballo desbocado. Ambas cosas echan a perder el sermón. El predicador debe armonizar sus pensamientos y su imaginación en relación con su lengua.

Es muy triste escuchar desde el púlpito, exposiciones que no son más que un tropel de palabras sin orden ni propósito.

 

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