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Jesucristo, Su personalidad (13)

Como vimos en la entrega anterior, por toda esta grandeza contenida en un persona, nos resulta difícil comprender el misterio de la humanidad de Cristo.

Sin embargo, el saber que Jesucristo se sujetó en todo a la naturaleza humana, es para nosotros consolador. Sabemos que él puede comprendernos en cualquier etapa de nuestra vida porque él también la vivió.

Estuvo sujeto a las leyes del crecimiento (Lc. 2:52), de la obediencia (Lc. 2:51), de la limitación (Mr. 6:5-13:32), y también de la tentación (Mt. 4:1 y ss; Mr. 1:13; Lc. 4:2 y ss) aunque por supuesto sin pecado.

Como cualquier niño debió aprender a hablar, a andar, a leer y a escribir; preguntaba para saber y se asombraba de lo que no sospechaba, ya que como hombre no lo sabía todo (Lc. 9:18; Jn. 4:52; 11:34; Mt. 8:10; Lc. 7:9).

También despierta nuestra imaginación el deseo de imaginarnos cómo habrá sido el aspecto físico de Jesús.

Henry H. Halley (Pág. 475) nos dice que…

El Nuevo Testamento no ofrece ninguna indicación del parecer físico de Jesús. La descripción legendaria más antigua data del siglo IV. Es una carta apócrifa que se atribuye a Publio Léntulo, amigo de Pilatos, y escrito al senado romano. No es auténtica. Y dice en parte como sigue:

En este tiempo apareció un hombre dotados de grandes poderes. Se llama Jesús. Sus discípulos le llaman el hijo de Dios. Es de estatura noble y bien proporcionada, y de rostro lleno de bondad y al mismo tiempo de firmeza, de manera que quienes le contemplan le aman y le temen a la vez. Tiene el cabello de color vino, lacio y sin lustre, pero de las orejas para abajo crespo y lustroso. Su frente es llana y sin arrugas; todo su rostro sin defecto y adornado de cierta serena hermosura. Su aspecto es ingenuo y bondadoso. La nariz y la boca no tienen defecto alguno; la barba muy poblada y del mismo color del cabello; los ojos azules y muy brillantes.

Cuando censura o reprende es temible y cuando exhorta o enseña, su hablar es manso y amable.

Nadie le ha visto reír pero a menudo llora. Su estatura es alta; sus manos largas y hermosas. Habla con mesura y gravedad, y es poco dado a la locuacidad; en belleza sobrepasa a los mas de los hombres.””

Al leer los evangelios es fácil imaginarnos su persona. Como carpintero su fuerza física debe haber sido considerable y al hablar a grandes multitudes nos imaginamos su voz potente. Por el contenido de su enseñanza, lo pensamos con un perfecto dominio de sí mismo, no impulsivo en sus actos y de porte reposado, lleno de amor y hasta con cierta majestuosidad en sus movimientos. Sobre todo nos imaginamos el amor que irradiaba su rostro y la paz que transmitía en su conducta en actos tales como cuando ponía sus manos sobre los niños y los bendecía. Cuando sus discípulos estaban alterados y apurados, El era paciente para con todos y tenía tiempo para detenerse y dar misericordia.

Que Dios nos guarde de la prisa por “hacer cosas” para que no olvidemos que “el amor y la misericordia” por las personas es más importante.

Alguna leyenda dice que se lo veía llorando a menudo, pero que nunca reía. El Nuevo Testamento confirma que si lloraba, como ya mencionamos, pero en cuanto a que nunca se reía guarda silencio. Pero si deja entrever en su enseñanza una gran capacidad para el humor, lo que nos hace ver que Jesús era un hombre alegre y simpático.

Muchos creen basándose en Is. 53:2: “No hay parecer en él, ni hermosura; le veremos mas sin atractivo para que le deseemos” que en Jesús no había belleza física y que era más bien cargado de hombros y feo. Pero el contexto dice claramente que se trata del rostro de Jesús, desfigurado por los tormentos de su pasión (v. 3-5).

Si leemos con atención, su hermosura es profetizada en Sal. 45:2: “Eres el mas hermoso de los hijos de los hombres.” ¿De quién se puede decir ésto? Además, se le aplican con razón la alabanza de la esposa en Cantares 5:10 y ss: “Mi amado es blanco y sonrosado (es una grave equivocación traducir “rubio” como hacen muchas versiones) señalado entre diez mil… todo El es codiciable.”

Francisco Lacueva nos dice en relación a ésto:

Por la atracción que ejercía sobre sus discípulos y sobre las multitudes que le seguían, no cabe duda de que había tal brillo en su mirada, un tono tan dulce y firme en su voz y una majestad tan grande en su rostro, en su andar y en todos sus gestos, que bien podemos suponer su perfecta belleza, teniendo también en cuenta que su cuerpo había sido formado por el Espíritu Santo del vientre de una virtuosa hebrea, raza que siempre ha dado bellísimas mujeres. No olvidemos el encanto que la virtud añade al atractivo físico.”

 

 

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