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Apocalipsis: El llanto de los Reyes y los Mercaderes (42)

Apocalipsis 18: 9 – 19

En estos versos, se nos describe de una manera bastante dramática, lo que sienten los Reyes y los Mercaderes por la caída de Babilonia. También las endechas con que se lamentan por su destrucción.

Al menos son tres los grupos específicos que lloran también paralelamente (vv 11-19), al ver el incendio y la destrucción total de la tan próspera ciudad. Ellos representan a todas luces el corazón del sistema político y comercial del cual se vanagloriaban. Reyes, comerciantes y marineros. A través de ellos se realizaba toda transacción de las diferentes riquezas de objetos preciosos y de manufacturación. Es interesante observar esa larga lista con la que los mercaderes comerciaban con la gran ciudad, en algunos de sus detalles.

Todo lo que servía para la ostentación humana, joyas y atuendos diversos (v 12). Vea también Ezequiel 27:12 y ss.

Muebles de lujo: las maderas más finas y olorosas (v 12b).

Luego describe las diferentes especies, y también los ungüentos y lo mejor del trigo, del vino y del aceite (v 13ª).

Continúa con el ganado y los caballos, para las carreras o para la guerra (v 13b).

Y concluye su lista con lo más triste, enmarcando hasta dónde puede llegar la corrupción humana. El tráfico humano. Las almas de los hombres. Su esclavitud.

De este trágico panorama comenta Matthew Henry lo siguiente: “Finalmente, “cuerpos” (gr. Sómata). El vocablo griego es el que los LXX usan para designar a los esclavos en Génesis 36:6. Realmente, para los amos paganos, los esclavos eran meramente cuerpos para el trabajo, para los juegos circenses o para los burdeles de prostitución masculina. Y, con los cuerpos, las almas humanas o, mejor, vidas humanas, ya que psukhás no tiene aquí ningún sentido moral ni espiritual, sino que designa probablemente “los esclavos dedicados a las artes liberales, a ser pedagogos, literatos, artistas” (Bartina, ob. Cit., pág. 796).”

¿Cómo se puede explicar tanta maldad para que el hombre venda y compre a su semejante como mercadería? Solo la diabólica presencia del espíritu del anticristo operando en la humanidad hasta enceguecerla. Hoy como lo ha sido en toda la historia humana el tráfico humano sigue siendo una realidad aún en niños pequeños. La sociedad contemporánea en su bajeza moral ha llegado a aceptar la prostitución en sus diferentes formas como legal. Indefectiblemente a la venta o servicio del cuerpo van unidas las preciosas “… almas de los hombres.” Almas que Satanás quiere que se pierdan. Pero que Dios ama hasta el límite de toda paciencia concebible y quiere que se salven (2P 3:9b).

Posteriormente, el autor hace como una “recapitulación final”. La versión Reina Valera dice:

Los frutos codiciados por tu alma se apartaron de ti, y todas las cosas exquisitas y espléndidas te han faltado, y nunca más las hallarás (18:14).

La primera frase de este verso, nos muestra el origen de toda esta calamidad inminente por la que viene el juicio de Dios. La codicia y el amor hacia lo espléndidamente mundano como forma de vida egoísta. Tal es la situación de un alma que no ha sido redimida por la obra redentora del Cordero de Dios.

Pues la idea en el texto original designa “todo lo que más apetecían los que compraban y vendían”, esa es la idea del v 14 que dice literalmente: “y el fruto del deseo de tu alma se alejó de ti.”

Así que todo lo que representaba su prosperidad y esplendor -que los enorgullecía- se había desvanecido definitivamente.

Todo el clamor y duelo de estos comerciantes, en realidad (vs 16,17) que era lo que ellos tenían fijado en sus corazones. En contrapartida, nos hará bien y traerá luz a nuestro espíritu, recordar las palabras de nuestros Señor Jesucristo.

No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. Mt 6: 19-21

¡Cuán fácil podemos ser contaminados por los valores seculares que niegan los principios de Dios! Por ello la misma palabra de Dios nos exhorta a examinar de continuo nuestro corazón.

Todas las lamentaciones y lloros de los marinos y sus socios mercantes, por ejemplo en el v 19, no eran de pena por la ciudad o sus habitantes, sino más bien por lo mucho que les dolía a su orgullo lo que ellos mismos habían perdido. Todo ese arrojarse polvo sobre su cabeza era señal de gran duelo entre los orientales. Claro que era un gran dolor egoísta por ellos mismos y que más amaban ¡sus riquezas!


 

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