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Los Reinos del mundo y el Reino de Dios

por MIGUEL A. ZANDRINO

Entonces vendr√° el fin, cuando Cristo derrote a todos los se√Īor√≠os, autoridades y potestades, y entregue el reino al Dios y Padre. Porque Cristo tiene que reinar hasta que todos sus enemigos est√©n puestos debajo de sus pies.¬† 1 Corintios 15.24-25

DESDE EL COMIENZO de su ministerio Jes√ļs proclam√≥ la noticia de que el reino de Dios hab√≠a llegado.

Previamente, en el Magnificat de Mar√≠a y en el Benedictus de Zacar√≠as, como en la predicaci√≥n de Juan el Bautista, hallamos un mensaje relacionado con el advenimiento del Mes√≠as con un fuerte contenido pol√≠tico. Jes√ļs se present√≥ a s√≠ mismo como la manifestaci√≥n del reino de Dios cuando predic√≥ en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4), y sus palabras provocaron una violenta reacci√≥n al ser rechazado en sus pretensiones por sus conciudadanos.

En el cap√≠tulo 15 de 1 Corintios Pablo establece en forma terminante que la muerte y la resurrecci√≥n de Jesucristo, son la base de la fe cristiana y elabora cuidadosamente el hecho de la resurrecci√≥n, como un esc√°ndalo para el pensamiento griego. Para los jud√≠os, en cambio, la resurrecci√≥n era un concepto naturalmente aceptado, pues proven√≠a de las ense√Īanzas del Antiguo Testamento, sobre todo de los √ļltimos libros veterotestamentarios.

Los Reinos del mundo y el Reino de Dios: temas escogidos  

La cultura helénica tenía una concepción dualista del hombre, al que concebía como dotado de un alma inmortal que moraba en un cuerpo mortal. El cuerpo era malo, mientras que el alma era pura y quedaba libre de la esclavitud del cuerpo malvado en la muerte, cuando podría elevarse a las alturas en donde moraban los dioses.

Es lamentable que mucho del pensamiento griego sobre la naturaleza humana haya pasado a formar parte de la ‚Äúteolog√≠a‚ÄĚ cristiana durante la edad media, y que a√ļn persista en la actualidad. Esta herencia del escolasticismo hace que muchos a√ļn piensen en el hombre en t√©rminos dualistas: como constitu√≠do por dos elementos, un alma inmortal que habita en un cuerpo mortal.

En el concepto judeo-cristiano, en cambio, el hombre es un ser indivisible, no hay lugar en el pensamiento bíblico de tal cosa como un elemento inmortal habitando un cuerpo que muere. La muerte del cuerpo representa la muerte del hombre en su totalidad, y afirma en forma terminante que el alma que pecare, morirá.

Pero tambi√©n la Biblia proclama que el √ļnico que tiene inmortalidad es Dios (1 Timoteo 6.16), y agrega que ‚Äúnuestro Salvador Jesucristo sac√≥ a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio‚ÄĚ (2 Timoteo 1.10). De modo que la inmortalidad no es m√°s atributo del hombre, ya que el pecado ha decretado su muerte. La inmortalidad, atributo absoluto de Dios, le es restitu√≠da al hombre por la obra redentora de nuestro Se√Īor Jesucristo.

De manera que quienes hemos recibido la Vida de Dios por la fe en Jesucristo, tenemos vida eterna, y ya pertenecemos al reino de Dios. Es en este sentido en que el reino de Dios se hace presente: ‚ÄúNosotros somos ciudadanos del cielo, y estamos esperando que del cielo venga el Salvador, el Se√Īor Jesucristo, que cambiar√° nuestro cuerpo miserable para que sea como su cuerpo glorioso. Y lo har√° por medio del poder que tiene para cambiar todas las cosas (Filipenses 4.20-21).

¬ŅQu√© es morir? Realmente es algo que va m√°s all√° de nuestro entendimiento. En Job se habla del Seol, palabra hebrea que significa sepulcro, y que adem√°s representa el reino de la muerte y se lo califica como un lugar oscuro, h√ļmedo, desordenado, de angustia y de terror. Es la morada o el estado de los que han muerto en sus pecados y sufren la muerte con conciencia de muerte.

Pero los que han recibido a Jesucristo por la fe, tienen vida eterna, la vida de Dios, pertenecen al reino de Dios, participan de su inmortalidad, y su destino no es el Hades (equivalente al griego Seol) o reino de la muerte. De √©stos dice el Nuevo Testamento ‚Äúque duermen, que est√°n con Cristo‚ÄĚ.

Por supuesto no pretendemos en estos p√°rrafos explicar lo inexplicable, sino solamente destacar algunos pasajes claves de las Escrituras que rotundamente descartan la simplificaci√≥n a que nos ha conducido la doctrina griega de la inmortalidad del alma, que est√° en flagrante contradicci√≥n con la afirmaci√≥n b√≠blica de la muerte y la resurrecci√≥n del hombre. El hombre no tiene un elemento inmortal (alma), que habita en un recept√°culo mortal (cuerpo). El destino inevitable del hombre pecador es la muerte, pero el creyente participa de la ‚Äúinmortalidad y la vida que Jesucristo sac√≥ a luz por el evangelio‚ÄĚ, y tiene vida eterna. La muerte biol√≥gica no afecta al elemento divino que le ha sido dado, y que en lugar de sumergirlo en el Hades, lo conduce a la bienaventuranza de los que han muerto en el Se√Īor (Apocalipsis 14.13).

La idea de la muerte como liberación del alma es una doctrina ajena al evangelio, y Pablo se preocupa ante la afirmación de algunos de que no hay resurrección de los muertos. Precisamente, la resurrección de Jesucristo es el hecho que proclama su triunfo sobre la muerte, por lo tanto el apóstol se dedica a exponer sistemáticamente la doctrina de la resurrección.

LA RESURRECCION DE CRISTO, FUNDAMENTO DE LA FE (1 Corintios 15.1-19)
Comienza el cap√≠tulo con un planteo de la fe cristiana, expresado en lo que parece haber sido una confesi√≥n de fe muy primitiva que el mismo Pablo recibi√≥ (v.3-5): ‚ÄúPorque primeramente les he ense√Īado lo que as√≠ mismo recib√≠: Que Cristo muri√≥ por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y resucit√≥ al tercer d√≠a, conforme a las Escrituras; y que apareci√≥ a Cefas, y despu√©s a los doce‚ÄĚ.

Contin√ļa mencionando los testigos de la resurrecci√≥n: m√°s de quinientos hermanos a la vez, despu√©s a Jacobo, otra vez a los ap√≥stoles, y por √ļltimo a √©l, ‚Äúcomo a un abortivo‚ÄĚ. Aqu√≠ Pablo acent√ļa su condici√≥n de ap√≥stol, testigo de haber visto a Cristo resucitado, pero en una condici√≥n diferente a los dem√°s ap√≥stoles: √©l no naci√≥ naturalmente en un proceso que culmin√≥ con la madurez de aquellos. El naci√≥ en forma violenta, siendo arrancado en la ocasi√≥n misma en que estaba persiguiendo a la iglesia de Dios, por lo cual se considera indigno, y se estima el m√°s peque√Īo de los ap√≥stoles.

Pero su testimonio es de gran valor. Si Saulo de Tarso, implacable perseguidor de la iglesia, no hubiera visto realmente a Jes√ļs resucitado, no habr√≠a girado ciento ochenta grados en su camino para transformarse en un seguidor de Jesucristo.

Es importante reconocer que los corintios no dudaban de que Jes√ļs hubiera resucitado, ya que el evangelio estaba fundado en esa fe de acuerdo con los t√©rminos del credo (v. 3-5). Lo que Pablo ha escuchado es que hay entre ellos quienes sostienen que la resurrecci√≥n de los muertos no es algo que pertenezca a los creyentes en general. Y aqu√≠ comienza su argumentaci√≥n: No es posible negar la resurrecci√≥n de los creyentes si Cristo realmente resucit√≥. A la inversa, si no hay resurrecci√≥n para el hombre, entonces tampoco Jesucristo ha resucitado, lo cual es una negaci√≥n de la fe que proclama el evangelio, y entonces todo resulta vano e in√ļtil: no hay redenci√≥n, ni perd√≥n de pecados, el testimonio de los ap√≥stoles es falso, y no hay ninguna esperanza para el cristiano.

CRISTO, EL PRIMERO EN RESUCITAR (20-28)
Ante el absurdo a que lo conduc√≠a el razonamiento de Pablo, resulta l√≥gica su exclamaci√≥n de triunfo: ¬°Mas ahora Cristo ha resucitado! y √©l es el primero de los muertos que tienen que resucitar. Contin√ļa con el paralelismo entre Cristo y Ad√°n que nos recuerda a Romanos 5.12-21. El √©nfasis de la ant√≠tesis en Romanos es la culpa de Ad√°n y la justicia de Cristo, mientras aqu√≠ en Corintios, el √©nfasis est√° en que as√≠ como por ser de Ad√°n todos mueren, por ser de Cristo todos son vivificados. Pero hay un orden, primero el Se√Īor resucitado, y cuando √©l venga, todos los que son suyos resucitar√°n con √©l. Y despu√©s vendr√° el fin, cuando ser√° manifiesta la victoria de Jesucristo, y todos sus enemigos (y los nuestros) ser√°n destru√≠dos: ‚ÄúEntonces vendr√° el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque es preciso que √©l reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies‚ÄĚ.

Este es un pensamiento que los Corintios podían entender. Pablo lo había utilizado cuando predicó en Atenas y dijo que nosotros somos linaje de Dios, y en él vivimos, nos movemos y somos, atribuyendo esta expresión a poetas griegos. Este pensamiento de Dios presente en todo su universo, participando continuamente en todo lo que ocurre en el mundo, lo hallamos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. De una manera notable lo hallamos en el Salmo 104 que proclama la intervención constante de Dios en toda la naturaleza, concluyendo el v. 30 con la afirmación: Renuevas la faz de la tierra.

Pero llegará el día en que serán eliminados del universo todos los elementos perturbadores que comprometieron la perfección de la creación: Entonces, Dios será todo en todos.

Teilhard de Chardin utiliza para este triunfo de Jesucristo la expresi√≥n ‚ÄúCristificaci√≥n del universo‚ÄĚ. La nueva tierra en donde todo ser√° justo y bueno, no ser√° meramente ‚Äúotra creaci√≥n‚ÄĚ. Habr√° continuidad entre los cielos que ahora son y esta tierra, con los nuevos cielos y la nueva tierra. No entendemos c√≥mo ser√° esta continuidad, pero con toda claridad la Biblia nos habla de la redenci√≥n del universo en Romanos 8 y en Colosenses 1.20, en donde dice: por medio de √©l reconciliar consigo todas las cosas, as√≠ las que est√°n en la tierra como las que est√°n en los cielos, haciendo la paz, mediante la sangre de la cruz.

As√≠ como habr√° continuidad entre nuestro cuerpo corruptible con el cuerpo de resurrecci√≥n, de alguna manera como no lo podemos tampoco entender, as√≠ hubo continuidad entre el cuerpo de Jes√ļs puesto en el sepulcro, y el del Se√Īor resucitado, pues la tumba qued√≥ vac√≠a. Y el Se√Īor resucitado pudo ser palpado por los disc√≠pulos que no pod√≠an creer en lo que hab√≠a ocurrido.

CONCLUSION
Está definitivamente más allá de nuestra comprensión el que Dios haya permitido que su creación perfecta fuera deteriorada por la entrada del pecado y de la muerte. Solamente podemos decir que así fue necesario para que sus propósitos en relación con el hombre fueran cumplidos.

Los Reinos del mundo y el Reino de Dios: temas escogidos  

Este siglo nos ha permitido que lleg√°ramos a ver c√≥mo los habitantes del mundo estamos deteriorando nuestro planeta Tierra. La codicia y la prisa del hombre, la falta de respeto por el medio ambiente en su af√°n de acumular riquezas est√° contaminando la tierra, el mar y la atm√≥sfera. La feroz tala de las grandes reservas de bosques rompe el equilibrio ideal del ox√≠geno y los dem√°s componentes normales del aire, y el humo de las f√°bricas lo contamina. La tierra pierde fertilidad por las siembras indiscriminadas que no respetan rotaci√≥n ni le otorgan descanso. Las aguas de los r√≠os y a√ļn los oc√©anos est√°n contaminados: efluentes t√≥xicos de las grandes f√°bricas ensucian los r√≠os, y el mar es contaminado por el petr√≥leo, por accidentes o por el lavado de los buques cisternas, y por las ingentes masas de residuos t√≥xicos que all√≠ se tiran. Lluvias √°cidas deterioran las tierras y el aire se contamina por la radiactividad accidental de las instalaciones at√≥micas.

Reproducimos aqu√≠ una muy ilustrativa profec√≠a de juicio que¬† hallamos¬† en¬† Isa√≠as¬† 24.3-6: ‚ÄúLa tierra ser√° totalmente arrasada, totalmente saqueada. Porque eso es lo que ha dicho el Se√Īor. La tierra, se seca y se marchita, y el cielo y la tierra se llenan de tristeza. La tierra ha sido profanada por sus habitantes, porque han dejado de cumplir las leyes, han desobedecido sus mandatos, han violado el pacto eterno. Por eso, una maldici√≥n ha acabado con la tierra, y sus habitantes sufren el castigo‚ÄĚ. El deterioro del planeta Tierra es una horrible realidad actual.

La desobediencia del hombre al Se√Īor, y su insistencia en no obedecer sus mandamientos le acarrean su propio castigo. Los reinos del mundo se deterioran precisamente por responder a las demandas ego√≠stas de los hombres, que no est√°n dispuestos a obedecer a Dios. Pero √©l no ha resignado su condici√≥n de Se√Īor del universo, est√° sentado en su trono y no permite que los acontecimientos vayan m√°s all√° de sus prop√≥sitos.

El reino de Dios es el ámbito en el que están todos aquellos que desean hacer su voluntad, y que oran en el espíritu del Padrenuestro que dice: Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

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